CUANDO UN HOMBRE DECIDÍA DEJAR A ARTIGAS
La revolución vista desde quienes se cansaron de hacer la guerra.
En 1812, cuando apenas había transcurrido un año desde Las Piedras y todavía estaba fresco el recuerdo de aquella multitud que había abandonado la Banda Oriental siguiendo al ejército hacia el río Uruguay, José Artigas tuvo que dirigirse a unos hombres de los que la memoria heroica hablaría poco: los soldados que se habían marchado.
Habían desertado. Algunos probablemente se habían llevado el caballo, otros el arma, muchos habrían buscado el camino de regreso hacia una familia de la que no sabían nada desde hacía semanas o meses.
La legislación militar permitía tratarlos con una dureza extrema y ningún comandante podía ignorar lo que significaba que un soldado abandonara su puesto, porque la fuga de uno podía convencer a otros y una tropa que empezaba a deshacerse podía desaparecer antes de volver a ver al enemigo.
Artigas, sin embargo, les ofreció regresar. No fue un gesto sentimental.
Necesitaba hombres, conocía demasiado bien la campaña y sabía que ninguna revolución podía permitirse perder para siempre a cada individuo que una noche hubiera decidido que ya había tenido bastante.
Detrás de ese episodio hay una dimensión del artiguismo que rara vez consigue atravesar la superficie de las grandes narraciones nacionales.
Nosotros conocemos el desenlace y eso modifica inevitablemente nuestra mirada.
Sabemos que Artigas terminará convertido en la figura principal de nuestra historia, conocemos las fechas, las batallas y los lugares donde hoy se levantan monumentos, pero el soldado que vivía en 1812 no conocía nada de eso.
Había asistido a una revolución que parecía avanzar rápidamente después de Las Piedras y había visto luego cómo Buenos Aires negociaba un armisticio que obligaba a levantar el sitio de Montevideo.
Había iniciado una retirada que terminó arrastrando consigo a miles de civiles, cruzado cursos de agua, soportado carencias y probablemente escuchado durante todo ese tiempo noticias contradictorias sobre lo que vendría después (el denominado Exodo del pueblo Oriental).
La guerra que quizá había imaginado breve estaba dejando de parecer una campaña para transformarse en una forma de existencia.
Aquel hombre tampoco era un soldado profesional en el sentido moderno. Podía ser peón, pequeño productor, changador, jornalero o propietario modesto; podía tener mujer e hijos, algunos animales, una chacra o simplemente personas que dependían de su trabajo.
Cuando se incorporaba al ejército esas obligaciones no desaparecían. La familia quedaba atrás, muchas veces sin saber cuándo regresaría, y la estructura militar que debía alimentarlo y vestirlo funcionaba con recursos inciertos.
Las pagas se atrasaban o sencillamente no existían, los uniformes se gastaban hasta volverse irreconocibles, los caballos se perdían con una facilidad desesperante y la comida dependía del territorio, del ganado disponible y de la capacidad de los jefes para mantener un abastecimiento que nunca podía darse por seguro.
La guerra revolucionaria tuvo ideales, pero también tuvo hambre, frío, enfermedades, cuerpos doloridos y hombres que después de semanas de marcha seguían sin comprender cuándo volverían a dormir bajo su propio techo.
Artigas conocía esa sociedad desde mucho antes de convertirse en jefe revolucionario. Había pasado años dentro de un mundo fronterizo donde la autoridad de la Corona era irregular y donde la misma persona podía ser considerada contrabandista por un funcionario, baqueano indispensable por un comandante y vecino respetable por quienes dependían de su conocimiento del territorio.
Su servicio en Blandengues le había enseñado algo que resultaría fundamental después: la campaña no podía gobernarse únicamente con reglamentos escritos lejos de ella.
Había hombres que podían desaparecer durante meses, encontrar refugio en otra jurisdicción, mezclarse con una partida o reaparecer cuando las circunstancias cambiaban.
A veces perseguirlos hasta destruirlos era menos útil que ofrecerles una manera de regresar.
La investigación de Daniel Fessler sobre la deserción durante la revolución oriental permite comprobar hasta qué punto aquella dificultad acompañó toda la experiencia militar del período.
Los documentos hablan de castigos y persecuciones, pero también de indultos, y esa combinación aparentemente contradictoria dice mucho sobre el funcionamiento real de aquellos ejércitos.
La disciplina exigía que el desertor temiera las consecuencias de ser capturado; la necesidad exigía, al mismo tiempo, que pudiera existir alguna puerta de retorno.
Ningún comandante podía gobernar exclusivamente mediante el terror a hombres que constituían precisamente el recurso más escaso de la guerra.
A medida que pasaron los años el problema se volvió más grave porque la guerra no terminó. Después de los españoles vinieron los enfrentamientos con las fuerzas directoriales de Buenos Aires, y después de esos enfrentamientos llegó Portugal.
Un hombre que había empuñado un arma en 1811 podía encontrarse en 1816 descubriendo que había pasado una porción considerable de su juventud marchando, combatiendo o esperando combatir.
Habían cambiado los enemigos, los mandos y las razones inmediatas de cada campaña, mientras la posibilidad de regresar definitivamente a una vida anterior parecía alejarse.
Algunos encontraron en ese proceso una identidad política cada vez más fuerte. Otros, simplemente, llegaron al límite.
Es fácil decir “desertaron”. Mucho más difícil es comprender qué podía contener esa palabra.
Un hombre podía huir antes de una batalla porque tenía miedo. No hay por qué ocultarlo.
Quien hubiera visto el efecto de una bala de mosquete sobre un cuerpo, una amputación realizada con los medios de 1815 o la agonía de un herido sin atención suficiente no necesitaba grandes elaboraciones filosóficas para sentir temor.
Otro podía irse porque su mujer había quedado sola con hijos pequeños y la noticia que acababa de recibir le decía que ya no quedaban animales para vender.
Otro había sido castigado por un superior y no estaba dispuesto a soportarlo.
Otro podía llevarse un caballo y transformarse efectivamente en delincuente.
Otro cambiaría de bando.
Bajo la misma definición administrativa convivían conductas muy diferentes, y ésa es una de las razones por las cuales la historia vista desde abajo suele resultar bastante menos ordenada que la historia escrita desde el despacho de los jefes.
La invasión portuguesa añadió una dificultad moral todavía más profunda. Las fuerzas de Lecor comprendieron que dentro de los ejércitos artiguistas había hombres esclavizados y que para ellos podían ofrecer algo que ningún discurso militar podía competir fácilmente: la libertad.
La documentación de los años siguientes permite seguir la incorporación a las fuerzas luso-brasileñas de centenares de hombres que obtuvieron la manumisión después de abandonar las filas adversarias.
Para el oficial que descubría su ausencia al pasar revista eran desertores. Para ellos la decisión podía haber significado dejar de ser propiedad de otro hombre.
A partir de allí, cualquier juicio demasiado rápido se vuelve peligroso.
¿Qué fidelidad política podía exigírsele a quien no poseía todavía libertad personal? ¿Hasta dónde era legítimo reclamarle que continuara arriesgando la vida por una sociedad que seguía reconociendo a otro individuo el derecho de venderlo?
La pregunta no convierte automáticamente al ejército portugués en libertador ni al artiguismo en defensor de la esclavitud; ambos mundos eran mucho más contradictorios que esas etiquetas.
Lo que demuestra es que las decisiones individuales durante una guerra no obedecían siempre al mapa político que después dibujarían los historiadores.
También hubo hombres que regresaron. Ésa quizá sea la parte más reveladora.
El soldado podía escapar, permanecer un tiempo fuera de las filas, aprovechar un indulto y volver a combatir.
Nosotros tendemos a organizar las biografías de manera lineal porque resulta más sencillo narrarlas así; ellos vivían dentro de una realidad donde las fronteras entre soldado, desertor, paisano armado y combatiente reincorporado podían atravesarse varias veces.
La revolución necesitaba aceptar esa imperfección o resignarse a quedarse sin hombres.
Todo esto permite mirar a Artigas desde un lugar bastante más interesante que la fidelidad incondicional que terminó construyendo la iconografía.
Su ejército no estaba compuesto por estatuas en movimiento. Eran individuos que podían admirarlo y discutir una orden, seguirlo durante años y marcharse una noche, regresar después de un perdón o decidir que la guerra ya no les pertenecía.
Conducir a semejantes hombres exigía capacidad militar, desde luego, pero también conocimiento personal del mundo donde vivían, comprensión de sus necesidades y una continua negociación entre la autoridad que un jefe debía preservar y la realidad de una sociedad que no podía ser disciplinada por completo.
Por eso aquella proclama de 1812 merece mucho más que una nota al pie. Artigas estaba hablando con hombres que lo habían abandonado y, en lugar de limitarse a condenarlos, les recordaba lo vivido y abría la posibilidad del regreso.
Allí no aparece todavía el héroe construido por las generaciones siguientes.
Aparece un comandante con un problema concreto y suficientemente inteligente como para entender que una revolución sostenida por seres humanos debía aprender también a convivir con sus debilidades.
Quizá la pregunta verdaderamente sorprendente no sea por qué algunos desertaron después de años de guerra.
Quizá sea cómo consiguió aquella revolución que tantos otros, después de pasar hambre, alejarse de sus familias, perder caballos, soportar derrotas y cambiar varias veces de enemigo, siguieran todavía allí.
Dr. Ricardo Petrissans Aguilar
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La otra ciudad
Bibliografía
Comisión Nacional Archivo Artigas. Archivo Artigas. Tomos correspondientes al período 1811-1820.
Frega, Ana, coord. Los orientales en armas.
Estudios sobre la experiencia militar en la revolución artiguista. Montevideo: Universidad de la República-CSIC, 2015.
Fessler, Daniel. “Desertores: entre el castigo y el indulto”, en Ana Frega, coord.,
Los orientales en armas.
Delgado, Santiago.
Estudios sobre poderes civiles, mandos militares y pueblos durante la revolución oriental.
Bruno, Mauricio.
Estudios sobre lenguaje político, movilización y guerra durante el artiguismo.
Frega, Ana.
Pueblos y soberanía en la revolución artiguista.
Sala de Touron, Lucía; Rodríguez, Julio; de la Torre, Nelson.
Artigas y su revolución agraria, 1811-1820.
Barrán, José Pedro; Nahum, Benjamín.
Estudios sobre la sociedad rural oriental.
Archivo General de la Nación, Uruguay. Fondos militares y judiciales del período revolucionario.
Oleo *"El lazo" de Prilidiano Pueyrredón*, pintor argentino del siglo XIX.
Es una de sus escenas gauchescas más conocidas, pintada alrededor de 1860-1865.
Muestra a un gaucho a caballo, en plena corrida, revoleando el lazo por encima de la cabeza para enlazar a una vaca que corre adelante.
Pueyrredón era famoso por este tipo de cuadros: la vida en la pampa, la doma, el rodeo y el trabajo con el ganado, con ese estilo costumbrista y con los colores cálidos que se ven acá, el caballo en galope tendido y el paisaje abierto de fondo.