Religión y Filosofía Por: Pablo Thomasset18 de agosto de 2023

José Gervasio Artigas y "LA CONVERSACION CONSIGO MISMO": Capítulo Primero - Parte 1 de 3, Marques de Caracciolo 1753

"La conversación consigo mismo"; Diaria lectura de nuestro prócer José Gervasio Artigas (1764-1850), en su exilio en la quinta de Ybyray, en Asunción del Paraguay (1820 -1850). Un canto al alma, escrito por el Marques Caracciolo y publicada en 1753, con ilustraciones agregadas en esta presentación web, que recrean el espíritu del texto de Caracciolo, y entendemos que el pensamiento y sentir de Artigas.

LA CONVERSACION CONSIGO MISMO: CAPITULO PRIMERO Parte 1 de 3

¡Cuán superior a todas las conversaciones es la conversación consigo mismo!

El título mas apreciable del hombre es ser hombre. 
¡Cuantas maravillas tenemos dentro de nosotros mismos!

Todos los filósofos se asombran al contemplarlas.
Los que no conocían sino lo sensible intentaron persuadir que éramos formados de un quinto elemento mas sutil y mas suelto; otros pretendieron hacer creer que nosotros éramos dioses.

¡Que insensatos!

los unos solo consultaban objetos palpables para definir lo que no podían entender ni tocar;
los otros entendían por su alma su propia vanidad.

Y así la misma alma se reía de los retratos extravagantes que el mayor número de los filósofos hacían de su esencia y propiedades.

Por mas que la alma ponga su atención de siglo en siglo sobre las varias pinturas que al parecer nos la representan, ella misma al mirarse apenas puede conocerse, y las mejores copias de su ser que se hallan en manos de los metafísicos modernos, también parecen llenas de imperfecciones.

No creamos traslucir lo que es nuestra alma en los sistemas filosóficos:

huye de nosotros aun cercada de tan varias opiniones.

¿Queremos hallar nuestra alma?

Pues busquémosla en el alma misma;  pero se ha de hacer esta pesquisa o inquisición despojándonos enteramente de los objetos corpóreos, y con una abstracción general de las pasiones y presupuestos.

El menor grano de la materia que se atraviese, aunque sea mas sutil que el aire o el fuego, debe desviarse a un lado;

porque podría suceder que se confundiera con la sustancia puramente intelectual, esto es nuestra alma, que no es otra cosa que aliento del mismo Dios,

y es preciso persuadirse que nuestra alma aunque unida al cuerpo, no tiene mas relación con esta porción de materia, que con la que está en el mas oculto seno de la tierra.

Alegoría cristiana del alma llevada al cielo por William Adolphe Bouguereau 1878

Nosotros mismos experimentamos ser esto verdad.

¿Cuántas veces hemos notado como abandonado nuestro cuerpo en un lugar y aislado, ínterin que nuestro ser pensativo, nuestra alma, se elevaba rápidamente a la contemplación del Ser infinito, o a recorrer todo este vasto hemisferio?

Hay algunas situaciones é instantes dichosos que nos separan de todos los objetos exteriores, y que nos llevan mucho mas allá de las nubes y los astros. El espíritu entonces no lleva consigo nuestros sentidos, bien que conserva sus ideas y afectos, porque no puede desprenderse de ellos.

¡Cuantas circunstancias concurren en nuestra vida!

¡Cuantas experiencias en que el hombre no siente frío no calor, y sí solo una sorda impresión de su existencia!

Si por ejemplo, nada alguno en un rio, se olvida fácilmente de toda sensación o palpabilidad: parece que el cuerpo abandonado al hilo de la agua, no forma sino mismo todo con el fluido que le lleva: el alma no mas al parecer, es la que se pasea sobre la superficie de las ondas, y solo contempla en sí misma.

Nunca sentimos mejor su espiritualidad, que en un desfallecimiento o desmayo. Ya entonces no hay materia que nos afecte o llame. Entre el placer y el dolor se experimenta un no sé qué indefinible, pero que incesantemente nos advierte que existimos.

Si admiramos la hermosura de las flores, si respiramos el olor de los perfumes, y si escuchamos la armonía de los sonidos, solo es por amor a nuestro cuerpo.

El alma que es lo mas íntimo de nosotros mismos,
no necesita de estos socorros exteriores, ni del alimento o del sueño: deja que la materia se renueve y conserve mediante los alimentos: no siendo así, seria preciso decir que las partículas del pan, mezcladas por las digestión con la sangre, se hacían parte de nuestra alma, y que por consiguiente discurrían, inventaban proyectos y dictaban leyes.

Cuán en vano los hombres, juguetes y burlas de sus propias pasiones, han afectado ofrecer a nuestros ojos animales ingeniosos como rivales nuestros, capaces de disputarle al alma los respetos y homenajes que le son debidos. Esos animales como masas organizadas de tierra, no han podido sostener la comparación.

Inmediatamente la falta de reflexión y de libertad ha desmentido a sus alabadores o panegiristas, 
y ha ensalzado al alma sobre las ruinas de una opinión tan extravagante como ridícula.

Aunque se reúna toda la rapidez de los movimientos, y la delicadeza de los muelles mas sutiles,
jamás se formará aquel pensamiento que ve y no es visto, que penetra y no es penetrado.

La prueba se ve en esos autónomos famosos que solo han servido para demostrar cuán admirable es el alma en lo que obra.

¿Mas para que salimos de nuestro propio cuerpo para convencernos?

Apenas es formado nuestro cuerpo, cuando viene el alma a dar agilidad a sus resortes, y a desatar sus órganos. Si no le abre repentinamente los ojos a los oídos, si no pone al corazón en estado de ser agradecido, y no hace al cerebro capaz de conservar ideas, es por miramiento y en beneficio del mismo cuerpo, pequeño, débil y delicado de quien pende.

El alma solo obra sucesivamente temerosa de alterar en un instante membranas y fibras que han de durar muchos años. Entonces pues, se ve que el alma se desenvuelve poco a poco; a proporción de lo que se extiende y fortalece el cuerpo.

Consultándola incesantemente notamos que juega en la infancia, en la juventud estudia, en la virilidad reflexiona, y en la vejez descansa.

Pero sin embargo de todas estas condescendencias, celosa siempre de sus derechos y prerrogativas, obra de modo que no se puede confundir con el cuerpo. Ella nos hace sensible el hábito que tiene de ver y juzgar de su talla y peso, y en fin el poder que tiene de ponerle en movimiento a la primera insinuación de su voluntad. 

Si la cabeza y el corazón  nos parecen capaces de conocimiento y afición, no es sino porque la una es la única parte de nuestro cuerpo, donde estan reunidos todos los sentidos, y el otro el centro de la circulación de la sangre.

El alma, esto supuesto, está en medio de nosotros en calidad de soberana, á quien todo debe obedecer.

Nuestros sentidos son sus ministros, constituidos siempre en la obligación de ejecutar sus órdenes, y contribuir a su tranquilidad: deben custodiar las avenidas para evitar el tumulto de los apetitos, y la confusa tropelía de las preocupaciones.

Si los sentidos no cumplen con su obligación es porque el alma experimenta la misma suerte desgraciada de los soberanos que alguna vez tienen vasallos tan infieles como ingratos.

La superioridad del alma no se hace sentir solo en el imperio que ejerce sobre el cuerpo. 

Todas las ciencias y las leyes dimanadas de su tribunal, anuncian y declaran sus derechos sobre lo pasado, lo presente y venidero.

El universo todo, aunque tan hermoso y dilatado, no tiene en sí mismo cosa que pueda cautivar esta sustancia puramente espiritual que sabe figurarse espacios infinitos, y a quien no es capaz de asombrar la eternidad misma.

En vano esa  "sucesión del ser "  a quien llamamos tiempo,  intentará imprimir o extender sus rigores en nuestra alma. 

En medio de la general destrucción de las criaturas que nos rodean, y que a cada instante se marchitan, hace alarde nuestra alma de su inmortalidad.

No se han hecho para ella los meses, los años, ni los siglos; jamás los hubiera conocido si no se los hubiera mostrado los cuerpos.

Todas las generaciones envejecen, todas corren presurosas a volver a la tierra de donde salieron, pero nuestra alma siempre nueva no teme aniquilarse. Que la naturaleza se desplome, que nuestro cuerpo se reduzca a ceniza o en vapor, nada le importa a esta inteligencia realmente incapaz de disolverse.

Estas son sin duda verdades de convicción,

si;  y a pesar de las pasiones que nos asedian, y de los objetos sensibles o palpables que nos ocupan, no puede el hombre dejar de reconocer interiormente la excelencia de su espíritu.

No hay instante en que no confiesen su dignidad aquellos mismos que se atreven a materializarla. Siempre que hacen el elogio de una obra hermosa, o que admiran una acción heroica, ensalzan y confiesan, aunque sin querer, la superioridad de nuestra alma.

Los mismos argumentos sutiles e ingeniosos que emplean para contradecir su espiritualidad solo sirven para probarla. Ellos solo hacen ver que son ingratos, y esta es toda su demostración.

Tenemos, dice Pascal, una idea tan grande del alma, que no podemos sufrir ser despreciados.

Aunque tenga gloria y riquezas el hombre en este mundo se cree desgraciado,
si no está tan feliz y gloriosamente en el concepto de los demás: este es el mejor lugar en tanto grado, que los mismos que mas desprecian a los hombres igualándolos con las bestias, quieren ser admirados de ellos, y de este modo con su propio sentimiento se contradicen a si mismos.

El hallarse el alma unida a la materia, es porque colocado el hombre en medio de un mundo corpóreo ha de tener una inteligencia capaz de elevarse al Ser supremo, y un cuerpo al mismo tiempo propio para palpar y ver todo lo que le rodea.

El denominado "Hombre de Vitruvio" o Estudio de las proporciones ideales del cuerpo humano es un famoso dibujo acompañado de notas anatómicas de Leonardo da Vinci realizado alrededor de 1490 

Sin cuerpo seria ciego y mudo en este vasto universo, y sin alma tendría la misma suerte de los animales que no conocen su principio ni su fin, y cuyas operaciones mecánicas no deberían causar mayor admiración que los movimientos revulsivos de la planta llamada sensitiva.

La íntima y admirable unión de estas dos sustancias, concede al hombre la facultad de preguntarse a si mismo, y preguntar a todas las criaturas de juzgar, decidir, combinar y ejecutar.
¡Noble ejercicio! 
¡dichoso trabajo que se debe preferir a cualquiera otro estudio o tarea!

¿Qué nos puede importar tener o no una definición precisa del alma?

¿Hemos de emplear toda la vida en un especulación estéril sobre un objeto que siempre será oculto para nosotros?

Mucho mas vale sentir que tenemos alma que no definirla.

No damos a conocer su excelencia y espiritualidad, sino para empeñar a los mortales a que hallen gusto en las preciosas ventajas de su conversación.

Es cosa muy natural empezar un trato o correspondencia, conociendo aquellos con quienes se ha de formar un íntimo enlace.

Pronto se hallará en esta materia con que elevarse sobre los pensamientos ordinarios,
y también con que sostener toda la dignidad de una criatura racional.

Por útil y agradable que sea la sociedad pública, por lo común recae sobre conocimientos temporales,
y sobre afectos meramente terrestres, y últimamente sobre frioleras y nonadas.

La conversación interior nos trae objetos mucho mas admirables. 

Colocada el alma entre el Criador y las criaturas, y no viendo sobre sí sino el Ser Supremo, y nada debajo de sí sino cuerpos, se vuelve naturalmente a se Hacedor dejando las criaturas. Es hacerle violencia inclinarla a otra parte.

No lo extrañemos.
El Criador no formó los espíritus sino con el designio de conocerle y amarle, quiere que se asocien con él, que le hablen, que le pregunten, y si alguna vez no responde, es en castigo de haberse adherido demasiado a las criaturas.

Observando este orden establecido, el alma adquiere en lo mas secreto de su razón una ciencia que desconocen las pasiones y los sentidos: reforma tantas opiniones extravagantes, que se agitan vigorosamente para ganar su consentimiento: desarrolla con silencio ideas que se hicieron disformes por su confusión. 

CONTINUA EN LA Parte 2

* * * 

"LA CONVERSACION CONSIGO MISMO" por el Marques Caracciolo
Traducida del francés al castellano por Don Francisco Mariano Nifo
MADRID, AÑO DE 1817

DESCARGA DEL LIBRO:  https://archive.org/download/la-conversacion-consigo-mismo-marques-de-caracciolo/46641_LaConversacionConsigoMismox_compressed.pdf

Descripción del libro "La conversación consigo mismo"

Se trata de un pequeño libro de 10 por 15 centímetros que contiene un total de 304 páginas: un prólogo del autor (pág. III-XVI) y a continuación 288 páginas divididas en doce capítulos. 

Un ejemplar de la primera edición francesa de la obra, que fue publicada en Roma en 1753 y 1754 en dos volúmenes, se halla en la Biblioteca Apostólica Vaticana. 

Se publicó unos años más tarde traducida al italiano, en una edición que dejó muy desconforme al autor por el papel y los caracteres que se usaron, así como las erratas que se cometieron. En 1762 apareció la segunda edición en francés. En 1786 la obra fue traducida del francés al castellano por Francisco Mariano Nipho.

José Gervasio Artigas poseyó esta edición española publicada en Madrid en 1817, en su 11ª impresión, realizada en la imprenta de Francisco de la Parte.

El teólogo Pedro Gaudiano en su libro "LOS VALORES DE JOSE ARTIGAS", en el anexo nº 4, presenta un informe de Juan Andrés Achard, peritó calígrafo, del manuscrito firmado por Artigas el 14 de mayo de 1850; una dedicatoria en el mismo libro `La conversación consigo mismo´.

FUENTE: RettaLibros,  http://www.rettalibros.com/shop/catalogs/show_material_details/47418