"La leyenda del timbó / Cambá Nanbi: el arbol "oreja de negro”

Cultura15 de junio de 2026 Blanca N. Tschudy

"La leyenda del timbó / Cambá Nanbi: “Oreja de negro”

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*EL TIMBO*

Mentira le parecía al viejo cacique tener entre sus brazos de acero bruñidos al sol de muchos veranos, el cuerpecito moreno de aquel pimpollo recién asomado a la vida.

Muchos hijos le habían dado las indias que fueran sus compañeras y otros tantos guerreros habían demostrado en las luchas el coraje que únicamente podía otorgarles su sangre de esforzado y temerario, circulando fogosa por sus venas.

Pero ninguna india le había dado la satisfacción de tener una hija.

Esta era la primera. Pequeñita, con unos ojos negros, grandes, inmensos y unas manecitas que agitaba inquietamente como buscando algo inalcanzable en el aire.

El viejo cacique reía de contento mientras la madre, en un rincón del toldo, parecía ocultar la vergüenza de haber dado al mundo una niña en lugar de un varón, que con el correr del tiempo fuera un baluarte más para la tribu.

—Esta hija alegrará mi vejez y no permitiré que separe nunca de mi lado —había dicho el cacique, después de apretar el cuerpecito contra su pecho—.

La renombrada belleza cundió por los alrededores rápidamente, más rápidamente de lo que hubiera deseado el padre que la veía anhelada por todos los hombres de la tribu.

Un indio joven, heredero del mando en su aldea, sabedor de la hermosura que atesoraba el rostro de la doncella, marchó a su encuentro, decidido a conquistarla con su palabra cálida y su porte inconfundible de hijo de la selva.

La halló mientras cazaba, en un claro de la espesa maraña. Recogía frutos maduros y sus brazos estaban cargados de flores silvestres.

Detuvo su paso el indio y su arco se aflojó en símbolo de paz. Quedaron frente a frente; la indiecita sorprendida del encuentro; él, admirado de su belleza.

¿Qué se dijeron en aquella mañana de verano, en que la floresta borracha de sol y de lujuriosos colores parecía invitar al amor, movida por una tenue brisa?

Lo cierto es que se tomaron de las manos como grandes amigos y se sentaron al pie de un árbol. El árbol extendió su copa en un remolino de hojas sobre los amantes.

Los dos pertenecían a la selva, pero las leyes de sus tribus eran muy distintas. Obedecerlas, hubiera sido contrariar sus sentimientos nacientes que surgían con visos marcados de pasión incontenible. El llamado del amor era más poderoso que la noción de la obligación para con los suyos.

...mano de ella lo contuvo y la flecha rodó por el suelo con un sonido de rama seca.  
Después, le señaló la selva; allí no había leyes que acatar más que aquellas que marca la naturaleza.

Y los dos, tomados de la mano, se alejaron por la espesura perdiéndose en ella, hasta quedar convertidos en dos puntos confundidos entre las primeras sombras de la noche.  
El árbol cerró los limbos de sus hojas y se quedó dormido.

El viejo cacique destacó chasques a todas las poblaciones vecinas.  
—Decid que declararé la guerra a la tribu que teniendo a mi hija, no me la devuelva —había recomendado el jefe a los mismos.

Pero aquéllos volvieron sin más noticias que la que le diera el cacique de la tribu vecina, dolorido como él por la partida de su hijo.

Los dos habían huido juntos, no cabía duda alguna, pero el cacique tenía la convicción de que encontraría a su hija. Ella habría de volver traída por su amor de padre y él estaría siempre dispuesto a recibirla.

Iría a la selva y se internaría en ella hasta hallarla.  
Su pie sería infatigable y su resistencia se trocaría en fortaleza ante los embates del peligro.  
Marchó una tarde el cacique, seguido de sus servidores y vagó muchas lunas llamando a la hija, unas veces con cariño, otras con desesperación, pero nunca con desfallecimiento porque su amor de padre era inquebrantable.

Su oído pegado a la tierra creía adivinar en cada pisada la planta de la indiecita y cuando sus labios se desplegaban para nombrarla, sus indios lo miraban con lástima, moviendo la cabeza en una negativa que se clavaba en el corazón del hombre.

Los días ateridos del invierno dejaron al descubierto los desnudos esqueletos de los árboles y los indios manifestaron a su jefe la necesidad de volver a la tribu, abandonando la búsqueda de la doncella que ya no habría de retornar.

El viejo cacique se negó a hacerlo.  
—La seguiré buscando hasta que la encuentre; vosotros volved si así lo deseáis — había respondido con firmeza, y su oreja se había pegado a la tierra por milésima vez, con esa fe inconmovible que lo animaba.

Todos retornaron a la población. El invierno era muy crudo en la selva y quedarse en ella hubiera sido demasiado arriesgado.

Todos retornaron menos el cacique que había enloquecido de dolor y de esperanza...

Cuando la primavera volcó sobre el crisol de la naturaleza sus gemas de colores, los indios volvieron en busca de su jefe.

Lo encontraron muerto, con la oreja pegada a la tierra, como auscultando el seno de la misma, en un intento de conocer el más allá por el camino que nos marca la materia.

Nada había corrompido sus carnes, ni el tiempo, ni las alimañas y el viejo cacique había cerrado sus pupilas, con la visión de la hija desaparecida que no tardaría en reunirse con él en un mundo mejor.

Trabajo les costó a sus servidores separarlo de la tierra y sólo lo consiguieron cortando la oreja que había echado raíces en el medio fértil.

Y allí quedó aquel pedacito de su cuerpo, como en espera de llegar a escuchar el paso anhelado.

Y de aquella oreja nació un árbol, el timbó; frondoso, de hojas recortadas en profusión de lentejuelas, que al caer la tarde se pliegan sobre sus pecíolos y se quedan dormidas.

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