
Las chinas soldados y el Regimiento N°2*
En el ocaso del ciclo de las guerras civiles -1897, 1904 y el barullo de 1910- las chinas soldados siguieron presentes.
Marchaban junto a las fuerzas gubernamentales, sobre todo de caballería, y mucho menos en los ejércitos revolucionarios saravistas, donde fueron casos aislados. Su presencia masiva estaba asociada al ejército de línea, no a las milicias.
Para los líderes de la Capital representaban "la barbarie", aunque no dudaban en usarlas para imponer "la civilización".
La unidad que más se destacó por tener un gran contingente de mujeres fue el Regimiento de Caballería N°2.
Reorganizado en 1880 en Soriano, estuvo durante un cuarto de siglo bajo el mando de Pablo Galarza Fleitas, el último gran líder de estirpe caudillista del ejército gubernamental-colorado.
Buena parte de sus soldados y mujeres tenían raíces en esa unidad, venían de las fuerzas de Máximo Pérez y Gervasio Galarza, padre de Pablo.
Por las venas de Pablo corría sangre indígena por su madre María Fleitas y su abuela María Buiquirí. Lo mismo ocurría con muchos soldados y compañeras, por eso se las llamaba chinas y a los soldados "los indios de Galarza". El propio Galarza los llamaba "mis indios".
La cohesión de la unidad era muy fuerte: sucesivas generaciones sirviendo, con un entramado de parentescos y compadrazgos cuya base eran las chinas: abuelas, madres, esposas.
Tan estrecha era la relación que se las identificaba como "las chinas del segundo" o "las galarceras". Galarza siempre las trató con deferencia, por su origen humilde y por lo valiosas que eran en campaña.
En 1898 el gobierno trasladó el Regimiento de Mercedes a Durazno. Se movilizó todo el regimiento con el convoy del "chinerío" en una marcha de pueblo trashumante.
La prensa local registró: "El lunes á las 8 a.m. llegó a esta Villa procedente de Mercedes el Regimiento N°2... después de varios días de penosa marcha".
Con él llegaron las galarceras, que de inmediato ayudaron a levantar ranchos de terrón y paja junto al Cuartel Caballero.
*Crónicas de campaña y vida*
Varias crónicas describen a las galarceras. En 1903, ante un conato de levantamiento de Saravia, el N°2 se incorporó a las fuerzas de Justino Muniz.
El joven Pedro Manini Ríos, secretario de Muniz, marchó de Durazno a Florida y quedó impactado. En El Día escribió sobre "un centenar de chinas endemoniadas, que jineteaban ágilmente a los flancos del regimiento de Galarza, como una dispersa legión de brujas".
Relató cómo, cuando los carros se empantanaban, ellas bajaban de los caballos, alentaban a los conductores con tragos de caña y acomodaban los sacos.
Bajo el título "Las Chinas del 2o. de Caballería", las describió: "Algunas llevaban la familia a cuesta... con un tapecito a la grupa y otro atado a la espalda, remedo de costumbres africanas".
Eran "crudas, osadas, varoniles". Cuenta que al dejar a las mujeres para no retardar la marcha, ellas fueron en corporación a la carpa del General a pedir compartir la suerte de los suyos.
Llevaba la palabra una negra de tipo clásico: "YO, QUE HE VISTO MORIR A DOS MARIDOS EN LA PELEA, NO QUIERO DEJAR A MIS DOS HIJOS SIN VERLOS MORIR".
Muniz no las quería. Roberto Bouton contaba que una vez, al ver un corral hecho con ponches, dijo enojado: "Ya están las perras". Era el momento en que asistían a una compañera en parto.
Parir en las marchas era frecuente. Acevedo Díaz ya lo había retratado en 1811 y se repetía un siglo después. El Teniente Alfredo Campos anotó en 1904: "Una china del 2o. se apartó hacia el arroyo y dio a luz. Luego... continuó la marcha con su bebé en brazos... Esta parece una escena del Éxodo".
También hubo estigmas. Cuando Batlle visitó las tropas después de Tupambaé, las describieron: "De brillantes colores son sus vestidos. Algunos de raso...
Todas llevan collares". Y enseguida: "Con ellas nada falta a la tropa: caña, yerba, tabaco, sífilis". El Dr. Alberto Eirale, médico del Ejército del Sur, rebatió esto: formó a todas las mujeres, especialmente las del 2o., y solo encontró una enferma.
Y dejó escrito: "Las chinas... son útiles, pues, cuando se acampa van por leña, encienden los fogones, ceban el mate, hacen la comida, lavan la ropa y, en caso necesario, cuidan de la caballada durante la pelea".
*El Barrio del Cuartel y Petrona*
Los "Barrios del Cuartel" en cada pueblo tenían su propia historia. El soldado y sus mujeres eran población rural y de arrabales, descendientes de indígenas y africanos, mestizos.
Tenían costumbres que escandalizaban a las señoras "del centro": fumaban cigarros, tomaban alcohol, usaban lenguaje desvergonzado, enfrentaban a los hombres incluso con armas, montaban a caballo con desenvoltura.
Eran estigmatizadas como "el chinerío de las orillas". Con paradoja, muchas libertades que la mujer conquistó décadas después, las chinas ya las gozaban: "La barbarie resultó ser más avanzada que la civilización".
Quedaron en Durazno los recuerdos de los "bailongos" en los ranchos del Cuartel, que a veces terminaban en peleas donde las mujeres se trenzaban por una ofensa.
Llevaban cuchillo en la liga. Inocencio Chaine decía: "bajo sus crujientes y almidonadas enaguas escondían, sujeto a la liga, el filoso puñal".
Se vestían de rojo: blusa, pollera y hasta alpargatas coloradas, pelo largo negro con trenzas, bien aindiadas y morochas.
Se las conocía por apodos: "la Brasilera", "la Tajarra", "la Cabeza Macho", "la Talón de Acero", "la Gaucha".
La fecha más festejada era el aniversario de Tupambaé -22 y 23 de junio- con bailes en las cuadras.
La más renombrada fue Petrona de Asil, conocida como Petrona Migues. Oriunda de Tacuarembó, de descendencia indígena misionera, acompañó a su esposo en las últimas guerras. En Tupambaé, en lo más intenso del combate, con el cigarro y su manta, se paraba desafiando el fuego gritando: "¡A mi no me dentran las balas!".
Vivió del lavado hasta muy anciana. Fue lavandera del Regimiento y curandera con yuyos y oraciones. Su rancho estaba cerca del Cuartel, su pozo nunca se secaba.
Cada aniversario de Tupambaé llevaba un ramo de rosas rojas a Galarza. Fue homenajeada muchas veces. En el Casino de Suboficiales hubo una foto suya con la frase atribuida a Rivera: "Mujeres como éstas valen por un escuadrón de mis indios".
El poeta Pedro Montero López, que vivió de niño cerca del Cuartel, les compuso La Galarcera:
"Me llaman La Galarcera, también me llaman La China, y como soy muy discreta llevo el cuchillo en la liga... Me visto siempre de seda, de un mismo color la ropa, de los pies a la cabeza toda roja, roja, roja".


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