CUENTO: *El Lío de los Lío*

Cultura30 de septiembre de 2026 Tito Sadi

*El Lío de los Lío*

A la sazón, mi amigo Virgilio —hombre de mucha experiencia de vida, con quien conversábamos largamente cuando nos encontrábamos, cosa que, a decir verdad, no ocurría con mucha frecuencia, debido a que vivíamos en villas cercanas, pero no tanto como para vernos diariamente—.

Esto hacía que siempre tuviéramos temas y novedades de nuestras vidas, y algo para contarnos, sin que faltaran por ello una avalancha de recuerdos de nuestros años más jóvenes.

No siempre los encuentros eran en bares o confiterías del lugar; en alguna oportunidad sabía venirse con la guitarra, y otras cosas sucedían entonces.

Supe también recibirlo en mi casa con un guiso de arroz, de receta intuitiva y sin conocimientos del arte culinario, que, según él, yo preparaba a las mil maravillas.

A los dos nos gustaba el torrontés, así que disfrutábamos moderadamente de este buen vino, de cepas riojanas argentinas. En algunas oportunidades los vapores del alcohol movían la aguja y otras historias comenzaban a fluir.

Era un trance de cierta melancolía, y un tinte más personal si se quiere, casi intimista, con detalles y confesiones, de amores perdidos y otros asuntos no tan santos. Y aquella pregunta infaltable: ¿te acordás de fulano, o mengano?

 Ni hablar de la piba aquella que usaba minifalda... la rubia, ¿te acordás? —Sí... trabajaba en la farmacia, íbamos a pesarnos a cada rato, comprar chicle, lo que fuere, cualquier motivo era bueno con tal de verla un ratito...

—¿Y la chica de la peluquería? ¿Cómo se llamaba?
—Sí, ya sé, vos decís Loreley. Era hermosa, se casó con El Pelado Iván, formaron una linda familia, tuvieron varios hijos, creo que después se mudaron lejos, a otro pueblo. De ellos me acuerdo porque vivían en esta parte de la villa, incluso me invitaron a la iglesia cuando se casaron.

—Che, el que era medio misterioso era el flaco Armando, de apellido Lío, que dicho sea de paso siempre parecía hacer honor a su nombre, armando lío. ¿Te acordás de él? Picaba poco en el barrio, prototipo de los años setenta, con barba, pelo largo y pantalones Oxford, de dandi como se dice vulgarmente.

 La mujer se llamaba Elena Rial de Lío, "linda mina", la recuerdo bien, ojos color miel, cabellera larga, hermosa, todo lo demás era un cuento de Borges. Se los veía poco en la calle juntos, con frecuencia sí, salían en el auto. Él a veces no venía por varios días, decían que era viajante... pa' mí que el tipo tenía otra jermu... ¡qué querés que te diga! Sé que tuvieron un hijo y le pusieron por nombre Armando Lío, como el padre.

—Pará, vos estás hablando de Armando Lío, de barba, pelo largo, flaco y con una imagen del Che tatuada en el brazo...
—Sí.

—No puede ser. ¿Por qué? No, no puede ser... ¿pero por qué? Salvo que tuviera un hermano gemelo... No, nada que ver, no tenía hermanos.

—No, entonces no puede ser, porque ese tipo Armando Lío que vos decís vivía en una casa quinta cerca de la vía, a un par de estaciones de aquí, y estaba casado con una mujer que se llamaba Esperanza Galar de Lío... y también tienen un hijo de nombre Armando Lío... un tipo de unos veintiocho años más o menos, creo que es abogado... tenían un negocio de ropa, por un tiempo les hice la contabilidad, todo estaba a nombre de la mujer, también fabricaban ropa de niños, pero en este rubro vendían solo al por mayor, por eso los conozco.

—¡No me digas! Miralo vos al viajante, andaba por aquí nomás el tipo, haciendo de las suyas...
—¡Un careta! Ciento por ciento.

Una mañana, en el Registro del Automotor, se presentó un tal Alfonso Enrico a transferir un auto a su nombre y que figuraba como dueño un tal Armando Lío. Y ahí la historia salió a la luz: este Lío, hijo de Elena, no tenía auto, pero figuraba como dueño, y con algunas multas adeudadas, de lugares donde este tipo —según él— nunca había andado.

En realidad, el auto era de Armando Lío padre, con la sorpresa de que su domicilio era en otra localidad. El auto había pasado por varias manos, hasta que Alfonso se le ocurrió ponerlo a su nombre, como debe ser. Por lo tanto, se empezó a investigar.

 El comisario no halló mejor cosa que consultar a un abogado y lo llamó al Dr. Armando Lío para que tomara el caso y le empezó a explicar que el auto en cuestión figuraba a nombre de un tal Armando Lío.

—Me está cargando, comisario, ¡Armando Lío soy yo!
—No, doctor, de ninguna manera, fíjese en los documentos y verá que no le miento.

El tipo quedó perplejo y dijo:

—Es mi viejo, pero figura casado con Elena Rial y mi vieja se llama Esperanza.

—Y si mira bien, doctor, hay otro Armando Lío que vive en la villa, pero asegura que él nunca tuvo auto, que la confusión puede venir porque su padre se llama Armando Lío y su madre es Elena Rial de Lío, que sí tienen auto.

—Sr. Comisario, debe convocar a estos dos Armando Lío a una reunión esta tarde urgente, "aquí hay gato encerrado".

Efectivamente, a la tarde se encontraron el comisario con los tres Lío y el señor Alfonso. El lío fue de grandes proporciones; si no hubiera sido por la presencia del comisario, todo hubiera terminado muy mal.

Finalmente, el auto pasó a nombre de Alfonso Enrico. Armando Lío padre se hizo cargo de las multas y de las traiciones, explicando por medio del amor y la generosidad todo el lío de su vida, sus mentiras y el porqué de sus dos mujeres, cosa que los hijos comprendieron con cierta facilidad, o trataron de comprender a su padre.

Lo que queda por resolver es la situación de Elena Rial y Esperanza Galar, cosa en la que se pusieron de acuerdo rápidamente los tres Lío. Cuando llegue el momento se hará cargo Armando Lío, el abogado, cuyo primer dictamen fue "no innovar", confirmando que lo que se hereda no se compra.

*¡No sea cosa que se arme lío!*

Tito Sadi, ECOS DEL HUM, 30.09.2026

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