"La Verdad Acerca de Pearl Harbor - Por Edwin Muller"

Cuando los aviones norteamericanos realizaron el simulacro de ataque, el eficacísimo espionaje japonés tenía en todas las alturas de Oahú observadores.
Historia10 de octubre de 2026 Reader Digest 1944

La Verdad Acerca de PEARL HARBOR Por Edwin Muller

El ataque a Pearl Harbor fue una ofensiva sorpresa de la Armada Imperial Japonesa contra la base naval de los Estados Unidos en Oahu, Hawái, el 7 de diciembre de 1941 a las 7:48 a. m. (hora local).

COMO TODO EL⁸ MUNDO sabe, el ataque japonés a Pearl Harbor se ajustó a un plan hábilmente concebido y desarrollado hasta en sus mínimos detalles.

Pero muy contadas personas ajenas a la Armada norteamericana están al tanto de que ese plan no se forjó en Tokio, sino en Washington.

Fué obra del Consejo Superior de Estrategia Naval de los Estados Unidos.

La historia se remonta al mes de enero de 1932. La flota norteamericana, casi 200 buques de guerra, tal vez la mayor concentración de fuerzas navales vista hasta entonces, se reunió en aguas de California para unas maniobras, cuyo objeto era poner a prueba la solidez de las defensas de Pearl Harbor.

Una parte de la flota atacaría; la otra parte, apoyada por la guarnición de tierra, defendería.

Al destacar al Pacífico oriental dos buques portaaviones—el _Saratoga_ y el _Lexington_—que surcarían aquellas aguas lejos de los cruceros y acorazados, con una escolta compuesta sólo de cuatro cazatorpederos, la escuadra atacante cambiaba de un golpe la estrategia naval.

El propio jefe de la escuadra, almirante H. E. Yarnell, había izado su insignia en uno de los portaaviones, el _Saratoga_, en vez de acatar la costumbre y hacerlo en uno de los acorazados.

Llevaba así directamente bajo su mando una unidad naval de tipo nuevo. Gran partidario de la aviación, el almirante—cosa rara en aquel entonces—había tomado parte frecuentemente en los vuelos de sus escuadrillas.

Y creía llegado el momento de poner a prueba, en una plaza que le era muy conocida, la nueva estrategia de atacar desde el aire.

La defensa de Pearl Harbor, concebida ante todo para hacer frente a un ataque naval, se confió a una escuadra encargada de cerrar el paso hacia las islas, a una flotilla de submarinos fondeados en la bahía misma, a una división completa de ejército situada en tierra y a una enorme concentración de artillería móvil de costa, con su red complementaria de ferrocarriles y carreteras.

También se montaron baterías antiaéreas y se contaba con cien aviones entre los de caza y los de bombardeo.

Según lo había calculado el almirante Yarnell, los buques expedicionarios encontrarían cerrada a veinticuatro horas de Oahú.

Con un tiempo así, era menos probable que la escuadra defensora los avistase, particularmente cuando dos portaviones, por ser casi unos puntos en la inmensidad del mar, pueden pasar con facilidad inadvertidos para quienes, como los marinos de la escuadra defensora, sondeen el horizonte buscando una fuerza naval considerable.

Los portaaviones y su escolta fueron avanzando sin que nadie echase de verlo.

El sábado, 6 de febrero, se hallaban lo bastante cerca de Oahú para poder amanecer frente a esa isla, si navegaban toda la noche forzando las máquinas.

Así lo dispuso el almirante, por imaginar que en la mañana de un día de fiesta sería tal vez más floja la vigilancia de los defensores.

No bien cayó la noche, la singular escuadra de Yarnell empezó a navegar hacia Oahú a toda máquina. Iba con las luces apagadas, y sin hacer uso del inalámbrico.

Le salían al encuentro turbonadas, nubes bajas y un viento que arreciaba cada vez más. Tiempo ideal para burlar la vigilancia del adversario, pero malísimo para el despegue de los propios aviones.

Los cazatorpederos embarcaban agua a cada maretazo. El _Saratoga_ y el _Lexington_, a pesar de su porte, bailaban como cáscaras de nuez.

El almirante aguardó a hallarse a 60 millas de Oahú para lanzar sus aviones, media hora escasa antes del amanecer. No obstante lo violento del balanceo, 152 aparatos despegaron de sus buques, sin que, milagrosamente, hubiera percances, y se hundieron en la negrura del cielo.

Los aviones norteamericanos que efectuaron este simulacro de ataque aéreo a Pearl Harbor, se acercaron volando del nordeste, precisamente lo mismo que, nueve años después, lo harían los aviones japoneses en su devastador ataque.

Ha de observarse que, durante casi todo el invierno, los vientos alisios soplan del nordeste contra las Montañas Koolau, de unos 900 metros de altura, donde descargan su humedad.

Esta circunstancia favorece el ataque porque permite a la fuerza aérea aproximarse oculta en las altas nubes de agua, y surgir repentinamente en el claro cielo de Pearl Harbor, sin dar tiempo a que despeguen los aviones de la defensa.

Eso fué lo que ocurrió aquel domingo, 7 de febrero de 1932, en que los aviones de bombardeo del _Saratoga_ y del _Lexington_ surgieron de las nubes, y vieron allá abajo su presa: la mayor base naval del mundo, que se les ofrecía desapercibida.

Cada grupo tenía señalada su misión. Los cazas pusieron fuera de combate a los aviones de tierra con un tiroteo simulado de sus ametralladoras.

Ni uno solo de los acorazados defensores remontó el vuelo. Entre tanto, otros grupos realizaron el bombardeo teórico de los objetivos militares o hundieron todos los navíos que se suponían fondeados en la rada.

Los atacantes obtuvieron el dominio del aire. Si hubiese estado allí anclada toda la escuadra de los Estados Unidos, y los aviadores del almirante Yarnell hubiesen llevado bombas de verdad, habrían podido hundir o averiar todos los buques.

Los jefes de la Armada iniciaron la crítica del simulacro en el mismo lugar donde, de haberse tratado de un ataque de verdad, sólo habrían quedado ruinas.

 Las deliberaciones que allí se iniciaron, se continuaron en todos los círculos navales. Para muchos estrategas era claro que lo ocurrido había hecho más que modificar radicalmente todos los conceptos existentes en materia de guerra marítima.

Por supuesto, hubo quienes quitaron importancia a lo sucedido, atribuyéndolo en gran parte a sorpresa. Es cierto que, como Yarnell había previsto, los defensores estuvieron menos alerta aquella mañana de domingo; pero, y todo, tuvo por probable que, aun de no mediar tal circunstancia, habría sido muy difícil contrarrestar eficazmente el ataque.

Algunos altos jefes quisieron revisar de inmediato la constitución orgánica de la Armada y hasta apuntaron la revolucionaria idea de que en vez de considerar al acorazado como unidad principal y al aeroplano como elemento auxiliar, se relegasen los acorazados y otros buques de superficie a la categoría de auxiliares de la aviación. Desdichadamente, no se les hizo caso.

No se les hizo en Washington. Porque el consejo reunido en Pearl Harbor no fué el único que estudió el desarrollo y el resultado de aquel simulacro.

La Armada norteamericana sabe hoy muy bien que poco después se reunía otro en Tokio.

Cuando los aviones norteamericanos realizaron el simulacro de ataque, el eficacísimo espionaje japonés tenía en todas las alturas de Oahú observadores muy bien preparados a justificar su presencia en tales lugares.

Los había emboscados en la espesa franja de maleza que bordea la bahía. Pequeños sampanes de un motor pescaban en las cercanías de la costa. En todos los lugares donde se reunían hombres de las dotaciones desembarcadas, se apostaron escuchas.

Los informes así obtenidos fueron objeto de intenso estudio en Tokio y sirvieron luego de base a una serie de maniobras secretas. En la actualidad se sabe que los peritos navales japoneses—como antes algunos almirantes norteamericanos—llegaron a la conclusión de que el arma primordial de una escuadra moderna es la aviación y que la potencia ofensiva de una flota debe tener por eje su aviación más bien que sus unidades de superficie.

De este modo, aprovechando la lección de aquellas maniobras, que no quisieron aceptar los almirantes norteamericanos, el Japón reorganizó fundamentalmente su Armada.

A mayor abundamiento, los japoneses vieron con toda claridad que les habían regalado un plan brillante para inutilizar la mayor parte de la escuadra norteamericana. El día 7 de diciembre de 1941 lo pusieron en ejecución.

El 8 de diciembre, algunos de los oficiales que habían tripulado los aviones del _Saratoga_ y el _Lexington_ en 1932, al leer los detalles del ataque japonés, experimentaron la amargura de decirse: Sí... esto, y lo otro, y lo de más allá... sí... exactamente lo que hicimos hace nueve años.

El problema que hubieron de resolver los japoneses el 7 de diciembre fué en ciertos aspectos más difícil que el de las maniobras.

La defensa era teóricamente más fuerte. Había nuevos instrumentos de gran precisión para señalar la proximidad de los aviones.

Pero la falta de vigilancia dió a los nipones la ventaja de una total sorpresa cuando surgieron como por encanto de la masa de nubes que coronaba las Montañas Koolau.

En otros aspectos, el problema fué mucho más sencillo. Los aviones norteamericanos, alineados como estaban en los aeródromos, eran blanco fácil y seguro.

Los acorazados de la escuadra del Pacífico se hallaban, virtualmente todos, en la bahía.

Los japoneses utilizaron aproximadamente igual número de aviones que el almirante Yarnell. Sus pérdidas efectivas fueron poco más o menos las mismas que las teóricas del jefe norteamericano. Otro tanto puede decirse de los resultados.

La tragedia de Pearl Harbor tuvo la virtud de deshacer la antigua organización naval. Dió la coincidencia de que, mientras los principales acorazados norteamericanos se hallaban el 7 de diciembre en aquella bahía, no había allí ni un solo portaaviones.

Así pues, se hizo forzosa la sustitución de los primeros por los segundos como buques principales. La escuadra de portaaviones quedó automáticamente convertida en el arma capital de la Armada norteamericana.

Casi inmediatamente, los Estados Unidos comenzaron a utilizarla con mayor pericia que el Japón: en el Mar del Coral, en Midway, en Guadalcanal, Rabaul, en las Islas Marshall y en Truk.

Por cierto que se cree que los cuatro portaaviones japoneses hundidos por los norteamericanos en aguas de Midway fueron los que llevaron a efecto el ataque a Pearl Harbor.

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